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Plomo profundo
Título original: Dieplood
1996
Plomo, zinc y hierro
Medidas: 124 x 120,5 x 22 cm
Referencia: ACF0651
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Aunque diversa y contradictoria, la totalidad de la obra de Lili Dujourie comparte una alusión constante al arte en sí mismo. En sus creaciones, desde sus inicios en los años setenta hasta la actualidad, aparece repetidamente un referente situado en el pasado. En algunas ocasiones, como ocurre en sus obras en terciopelo, la deuda con la rica pintura barroca y con su seducción visual es clara. Otras piezas parten de una denuncia de la falta de compromiso político de determinadas corrientes contemporáneas. Durante el año 1996 Dujourie realizó diversas obras en plomo -Luaide, Gravure y Stillood - que comparten no sólo el uso del mismo material, sino también un planteamiento de su actitud ante la práctica y el lenguaje del arte. Dieplood se establece como un punto de inflexión entre estas obras y las que, un año más tarde, usando este y otros materiales, seguirían utilizando similares recursos iconográficos: Des points cardinaux, Grijze velden y Substantia. Con Dieplood, Dujourie recupera la idea de naturaleza muerta, huyendo de los tradicionales elementos como la calavera o el reloj de arena, pero manteniendo su búsqueda de referencias en el arte a través de las telas. La pintura flamenca pintó, incluso como uno de los signos de identidad nacional, infinidad de espectaculares tejidos estampados con figuras de colores intensos. La presente obra, anclada en la pared, nos presenta una sencilla composición que consta de una barra metálica de la que cuelgan tres objetos de similares dimensiones que recuerdan, por su forma y apariencia, telas. La voluntad de insinuar telas es patente; los elementos de la pieza están doblados como tales y de un modo en que no es infrecuente verlas, aunque sus dimensiones sean mayores que las que cotidianamente experimentamos. Estas referencias iconográficas no son nuevas en la obra de Dujourie: en los años setenta ya había utilizado con cierta frecuencia cilindros metálicos similares a este y, a partir de los años ochenta, como hemos dicho anteriormente, las telas habían sido protagonistas de muchas de sus creaciones. En esta obra, sin embargo, la artista juega con el espectador, defraudando sus expectativas. En su lado más formal, nuestra primera impresión es el contraste entre un motivo que imaginamos de tacto suave, ligero de peso, en el que esperamos ver una amplia gama de tonalidades, y el aspecto real de la obra. En lugar de una atractiva combinación de valores sensoriales nos encontramos ante una pieza de zinc, hierro y plomo, monocroma y fría, que se nos figura pesada. Este engaño visual al que nos somete Dujourie nos conduce a una lectura de la obra que parte de esta misma idea de decepción: la obra de arte no puede sustituir a lo que efectivamente existe. El binomio formado por creación artística y realidad -posiblemente dos caras de una misma moneda- es indisoluble, pero no es posible exigir a la obra que nos prometa respuestas a las innumerables preguntas que nuestra vida nos plantea. Muchos artistas -sintomáticamente, muchos escultores- se han esforzado en aclarar que el arte no ofrece afirmaciones, sino que sugiere cuestiones. Dujourie, creando una obra intensamente silenciosa por lo reducido de los elementos de que dispone, con un título que recuerda su esencia tóxica -el plomo es un material dañino para la salud-, parece querer insistir en este aspecto.

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