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Últimos deseos
1995
Videoproyección: DVD (color, sonido)
Medidas: 6' 06'' Dimensiones variables
Referencia: ACF0650
Edición: 2/3
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A mediados de la década de los noventa, Antoni Abad dio un giro sustancial a su producción artística al comenzar a utilizar medios audiovisuales que hasta entonces no se habían manifestado en su obra, claramente vinculada a una reflexión escultórica basada en la lectura de materiales industriales seriados. El propio artista siempre ha manifestado el carácter de continuidad conceptual que para él ha significado la adopción de esas nuevas estrategias. En palabras de Eugeni Bonet, «el uso del vídeo u otras tecnologías audiovisuales [en la obra de Abad] constituye una lógica prolongación de unos planteamientos que ya se hallaban presentes en sus esculturas de los últimos ochenta. Concretamente, por su interés en una forma de escultura metamórfica y flexible, incluso plegable, dotada de movilidad (pero no a la manera cinética) y capaz de regenerarse en distintos estados de la materia, siendo siempre una y la misma… y múltiple». El uso de imágenes en las que esas transformaciones se hacían visibles ya apuntaba el terreno en el que el artista ahondaría con el uso más explícito de tecnología audiovisual. Últimos deseos, pieza de 1995 que significó el inicio de una nueva etapa, consiste en la imagen filmada en contrapicado de un funámbulo desnudo que se desenvuelve sobre una cuerda, proyectada sobre el techo o la bóveda del recinto expositivo. El encuadre, de gran fuerza visual, está constituido por un primer plano de la cuerda, un segundo plano del funámbulo, y un tercer plano de oscuridad que enmarca todo el conjunto. Tres aspectos conceptuales se subrayan con intensidad en Últimos deseos: la circularidad temporal, la simplicidad como elemento condensador o de «suspensión», y la fragilidad como discurso de conocimiento. Por un lado la circularidad, tema recurrente en los trabajos de Abad, se ilumina aquí mediante la secuencia en forma de bucle de los movimientos del funámbulo, lo que además intensifica la sensación de desprotección e incertidumbre propia de la actividad del trapecista, que avanza y retrocede titubeante sobre la cuerda, sobre «la cuerda floja». Por otro lado, la simplicidad visual de la pieza, muy propia de un artista que adopta una escueta economía de medios, garantiza una concentración conceptual que ayuda sobremanera al espectador a introducirse inequívocamente en la reflexión que ésta propone. Esa simplicidad produce, sin embargo, una fuerte sensación escenográfica, dado que la imagen se proyecta en el techo y provoca una «suspensión barroca», casi hipnótica, de la mirada del espectador; se trata de un sentimiento alucinatorio propio de un escenario ilusorio integrado en lo cotidiano. Y, por último, el discurso sobre la fragilidad que propone Últimos deseos: la realidad del riesgo, de la inseguridad, del peligro como continuum, la conciencia de la inexistencia de asideros y redes de seguridad, no sólo en nuestra vida como tal sino también en el contexto de la práctica artística y de la misma «espectaduría» del arte. En opinión del crítico Luis Francisco Pérez, «en Abad la figura humana que majestuosamente se desliza por los territorios de la crisis es una metonimia de la caída de la ilusión representacional y su abandono en la imposibilidad».

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