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El camino para venir aquí
Título original: Sentiero per qui
1986
Piedras, periódicos, hierro, cristales y neón
Medidas: 200 x 400 x 1400 cm
Referencia: ACF0313
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El iglú es la marca de fábrica de Mario Merz. Pero el iglú no es simplemente una anécdota formal que identifica de inmediato sus obras; con él, Merz propone un movimiento dialéctico que delimita sus verdaderas intenciones. Más allá de los elementos «pobres», las maderas precariamente apiladas y los trozos de cristal y espejo rotos, el iglú es una forma elemental: una semiesfera que construye un espacio absoluto, sin ángulos. En su simplicidad posee una cualidad de dimensión mística, pero también mítica e intensamente metafórica, en primer lugar por su aspecto primitivo, que expresa una preocupación fundamental del género humano: la necesidad de cobijo, de refugio. El iglú delimita también un área habitable, un mínimo de habitabilidad. No obstante, no es posible olvidar los elementos pobres que configuran ese refugio simple y primitivo; no puede desestimarse la precariedad con la que está construido. Quizá porque la intención de Mario Merz no sea tanto edificar un espacio como delimitarlo, trazar unos límites que, sin embargo, quedan difusos. Es decir, el iglú es una forma simple levantada con pobreza, es un espacio cerrado en la misma medida en la que está abierto, es opaco pero también transparente; propone una dialéctica entre el espacio interior y el exterior. Este iglú de Mario Merz plantea una relación entre el espacio interior y el exterior: por la semitransparencia o precariedad con la que está construido pero, con mayor evidencia, porque está atravesado por una hilera recta de catorce metros de largo formada por periódicos apilados en bloques. De nuevo un material pobre –el papel de periódico– cuyo carácter efímero se destaca: todos los periódicos son del mismo día, son atrasados, se han desestimado, nunca los han comprado y nunca los han leído; están destinados al reciclaje, y Mario Merz los recicla como elemento metafórico. Y de nuevo enfrentados dialécticamente, contradiciendo o contrastando con la pobre materialidad de los periódicos, neones: un dispositivo tecnológico frente a la pobreza, lo primitivo y lo elemental del iglú y los objetos naturales y efímeros. Estos neones alineados reproducen otro de los elementos característicos en la obra de Mario Merz desde 1971: la sucesión Fibonacci. Cada número de esta progresión se obtiene a partir de la suma de las dos cifras anteriores (1, 1, 2, 3, 5, 8...). En correspondencia con el vaivén dialéctico que propone Mario Merz, los neones reproducen una progresión que explica el crecimiento vegetal, biológico y humano: una nariz, dos orejas, cinco dedos. Esta progresión que concuerda con el crecimiento atraviesa un refugio semiesférico con una clara reminiscencia de la idea de maternidad. La simplicidad de la sucesión de Fibonacci y la referencia mítica a la maternidad del iglú constituyen las bases de una obra fundamentada en elementos mínimos, básicos, primitivos y míticos que Mario Merz mezcla y multiplica como representación de un mundo fluido y dinámico. Harald Szeemann ha escrito que Mario Merz pertenece a la última generación de artistas solitarios, visionarios. En este sentido su obra se presenta como una creación orgánica, como un intento de recoger las relaciones móviles y dialécticas que organizan el mundo: la tensión entre lo pobre y lo tecnológico, entre continuidad y discontinuidad, entre lo abierto y lo cerrado, lo vertical y lo horizontal, entre lo autónomo y lo metafórico.

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