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Cabeza, negro y plata
1983
Látex sobre tela
Medidas: 200 x 200 cm
Referencia: ACF0135
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A principios de la década de los ochenta, Juan Navarro Baldeweg retomó la práctica de la pintura, en la que se había iniciado veinte años antes, efectuando una transformación, si no radical, sí sustantiva en su modo de abordarla. El rasgo principal que la definiría desde entonces hasta hoy es su emplazamiento en un terreno que no distingue figuración de abstracción. Según los términos del propio artista, hay siempre en su pintura «signos reconocibles», «una turgencia de las formas en los fondos más abstractos». Navarro Baldeweg se ha apropiado, de modo sistemático y a la vez inventivo, de ciertas aportaciones de algunas de las principales personalidades tanto de la tradición histórica como de la modernidad vanguardista; por ejemplo, Henri Matisse o Constantin Brancusi, en el período anterior a la Segunda Guerra Mundial, o Robert Motherwell en el medio siglo siguiente. En palabras de Kevin Power, «Navarro Baldeweg relee a Tiziano, Ingres o Matisse no solamente para descubrir lo que no se dijo, sino lo que se puede decir otra vez y de otra forma». Del mismo modo, este artista tampoco ha desdeñado jamás su intensa relación con el mundo mediterráneo, ni con los motivos, asuntos y argumentos que han presidido su ideario y su imaginario. Esta Cabeza, negro y plata se enmarca en un conjunto de «Figuras» –así las bautizó el propio artista en la retrospectiva que le dedicó el Instituto Valenciano de Arte Moderno entre mayo y julio de 1999–, en el que podrían incluirse otras series precedentes y posteriores a esta: los «Fumadores» o las «Dánaes». Las obras de la serie «Figuras» se distinguen de los «Fumadores» por cuanto no aparece aquí representación alguna de las energías o sinergias del protagonista del cuadro –una característica general de su obra, tanto escultórica como arquitectónica–, y de las «Dánaes» porque eluden toda referencia a la mitología o a la historia de la pintura. No son tampoco «cabezas clásicas», abundantes en las obras que realizaría tres o cuatro años después, sino que podrían ser consideradas «máscaras», más que cabezas propiamente dichas. Son, como las ha descrito Ángel González, relacionándolas con la poética del pintor, «máscaras de lo invisible, pues las máscaras no solamente sirven para ocultarnos de los demás y hacernos invisibles a sus ojos, sino que sirven, además, para que lo invisible se deje ver. Ellas parecen constituir el borde mismo entre lo invisible y lo visible, o son al menos su representación más plausible, frecuente y notoria».

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