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Tebas, Oeste
Título original: Theben, West
1993
Fotografía en color
Medidas: 183 x 144 cm
Referencia: ACF0085
Edición: 5/5
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Al igual que buena parte de la pintura flamenca, los trabajos fotográficos de Andreas Gursky requieren una mirada atenta, que busque con precisión en los detalles y, del mismo modo, que se fije en la composición general del cuadro. Sin lugar a dudas, los paisajes y las escenas del artista alemán podrían equipararse con cierta pintura del pasado que trascendía lo real -aunque lo tomaba como punto de partida-, al presentar elaboradas composiciones que poseen la capacidad de extrañarnos del mundo en el que desarrollamos nuestras vidas. El toque casi metálico de los elementos que aquí aparecen, debido a su aparente ausencia de vida; la absoluta nitidez de lo que observamos, que está más allá de lo que nuestra visión de las cosas normalmente nos permite; los contornos bien delimitados (cuando sabemos, como algunos de los grandes maestros de la pintura del pasado nos han hecho ver, que éstos son difusos); la extraña sensación de encontrarnos ante obras que han sido realizadas con esa luz que algunos días de invierno nos asombra, al permitirnos ver lo que nos rodea con una asombrosa definición… Éstas son algunas de las herramientas de las que se vale Gursky para sorprendernos y así conseguir que nos adentremos en las imágenes de gran formato que él realiza. Además de la pintura flamenca y holandesa, además de Brueghel y Vermeer, una categoría romántica, lo sublime, está aquí adecuada al presente. La percepción de que las personas o los edificios no tienen sombra, de que al enfrentarnos a estos tableaux sentimos que no hay nada que decir, de que son fotografías del abismo y su luminosidad nos deslumbra, incita a pensar en el mundo de alta definición visual que las prótesis de visión contemporáneas nos imponen. Andreas Gursky presenta en sus fotografías entornos naturales o urbanos en cuya conformación ha intervenido, en mayor o menor medida, la acción del hombre. Sus paisajes no podrían ser entendidos sin él, esté o no en sus imágenes. Sin embargo, pese a esa omnipresencia como especie que interviene activamente modificando su entorno, los personajes que aparecen en sus cuadros podrían ser calificados de anecdóticos, ya sea en sus trabajos de los años ochenta, que reflejaban personas en actividades de ocio, o en sus fotos de masas humanas en lugares de trabajo, realizadas durante los años noventa. Aunque seguramente es en sus últimas obras de lugares, en las que se exhiben productos humanos (ya sean unas estanterías con zapatos de una tienda de Prada o un óleo de Pollock en una sala del Museum of Modern Art de Nueva York) donde se refleja un mayor grado de soledad del ser humano, en el que lo producido por él adquiere una total autonomía. Gursky parece querer recordarnos que vemos aquello que se nos incita a mirar y, al mismo tiempo, lanza una mirada sobre nuestra propia mirada, trayéndonos de nuevo a primer plano aquello que miramos porque su naturaleza es ser visto. Las dos piezas de la Colección de la Fundación "la Caixa" participan de estas características, que han estado presentes a lo largo de toda la trayectoria del artista, pero poseen, además, una complementariedad lógica y esencial. No sólo porque ambas exhiben construcciones arquitectónicas humanas ejemplares por su monumentalidad y desproporción, sino porque ambas hablan también sobre el hombre contemporáneo. Y ello pese a que una está tomada de día y otra de noche; una muestra ruinas del pasado, y la otra muestra un edificio del presente; en una prima lo horizontal, frente a la verticalidad de la otra; una está tomada en un medio rural, en contraste con el entorno urbano de la otra. Pero ambas, como se decía, citan al ser humano actual en sus dos facetas, en el trabajo y en su dirigido tiempo de ocio. En una se nos muestra de turismo y en la otra en la oficina: una esquizofrénica organización del tiempo en espacios completamente separados. En Theben, West, Gursky nos ofrece una perspectiva casi aérea de un yacimiento arqueológico por el que transitan algunos turistas. La composición está dominada por un eje central, señalizado por las personas que caminan en grupos organizados y que se dirigen, a través de una carretera en medio del desierto, hacia el aparcamiento de autobuses. Al fondo, la tierra fértil del Nilo y el horizonte que se diluye entre brumas. Las contraposiciones entre pasado y presente, y entre lo árido y lo cultivado, se suavizan al quedar patente que ambos extremos están estrechamente entrelazados, al mismo tiempo que la posición del autor busca una falsa distancia. Sin embargo, en Hong Kong Shanghai Bank la fotografía se toma desde media altura, dulcificando de este modo la verticalidad de la imagen. También aquí lo que realizan las diminutas personas, en comparación con el espacio que las rodea (un sentimiento claramente romántico), es anecdótico, pero esclarecedor de las condiciones laborales. La luminosidad que emana del interior del edificio contrasta con la oscuridad de la noche, únicamente rota por las luces de otras torres circundantes. Esta obra posee una geometría no abrumadora plásticamente, pero opresiva y alienante como alegoría de la estructura social. La misma posición del autor parece indicar cierta empatía con lo que aquí ocurre: la proximidad de la arquitectura, su transparencia y la hora del día son una invitación a fisgonear sobre lo que ocurre dentro.

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  • Hong Kong Shanghai Bank / 1994

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