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300 cartas a la madre
Título original: 300 Letters to the Mother
1993 -
Impresión en láser y técnica mixta sobre papel
Medidas: Instalación variable: 309 x 735 cm aprox. Marco (300 unidades): 30 x 23,5 x 3 cm c.u.
Referencia: ACF0031
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El componente personal, biográfico incluso, entró en el tejido del arte en el momento en que el sujeto, asaeteado por numerosas crisis y fracturas, quiso decir al mundo el mal que le aquejaba. La confesión, que tan buenos frutos dio en los siglos xviii y xix, precedida de notables ejemplos anteriores, ha permitido que el arte, a veces frío e impersonal en su literalidad formalista, adquiriera un cariz íntimo, preñado de revelaciones. Y en ello descuellan las mujeres, sin ser las únicas, en la década de los setenta y ochenta (Ana Mendieta, Mary Kelly, Annette Messager…), a partir de la asunción de la carga emocional que tradicional y convencionalmente se ha asociado a lo femenino, y de la necesidad también de decirse a sí mismas como sujetos autónomos. Elena del Rivero ha recorrido, en el campo de la pintura, etapas harto diversas, desde las pinturas de paisajes y figuras hasta la obra actual, que algunos han calificado de neoconceptual (un término algo impreciso), pasando por una pintura de color negro hecha a base de espesos brochazos, con los que la artista transmitía nociones de carga semántica sobre la prisión interior, el encierro, el enclaustramiento, la profundidad. En 1991 se afincó en Nueva York, y desde esa atalaya privilegiada ha enhebrado un discurso consistente, en el que los conceptos no van reñidos con unas formas simples y reiteradas hasta la obsesión. En 1993, Elena del Rivero declaró: «Toda mi obra en papel está basada en el paso del tiempo, en los minutos y segundos. Es como unir el tiempo a un acto pictórico. Es el tiempo que estoy implicada en la realización de una pieza. Es como una Penélope que hace y deshace en una espera eterna por algo que nunca llega. Es el devenir del tiempo en el que el trabajo es siempre el mismo. Ese tiempo es el de la condición de la mujer». 300 Letters to the Mother, una de sus piezas más conocidas, funciona como una disposición en la pared de un conjunto de pequeños dibujos, de textos mecanografiados, de collages, de objetos, de misivas (alguna dirigida a la artista), de escritos (algunos cosidos y/o bordados) en inglés y castellano que vienen a recoger un sinfín de aproximaciones a los sentimientos, a las emociones, rayano a veces en una suerte de abierta confesión no desprovista de un borde duro. Así, la figura de la madre no es símbolo de refugio, como pretende el feminismo de la diferencia, sino un lugar de conflictos y, en ocasiones, síntoma del poder establecido, de la «Ley», por decirlo en términos (anti)lacanianos. Pero la cosa no quedó ahí: años después, Elena del Rivero continuó hurgando en su yo y en el de sus allegados, haciendo de la carta un vehículo de transmisión de lo personal: Su Letter from the Bride (1997), en donde aparece con la identidad cambiada, da buena fe de ello.

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