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Revolucionario-Clásico-Racional-Superior-Aristocrático-Reaccionario
Título original: Revolutionär-Klassisch-Rational-Überlegen-Aristokratisch-Reaktionär
1988
Pigmento sobre tela y marco de madera
Medidas: 90 x 750 cm
Referencia: ACF0431
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«Revolucionario, Clásico, Racional, Superior, Aristocrático, Reaccionario». Estos adjetivos, escritos en alemán con tipografía bauhausiana sobre un fondo bermellón y todo ello enmarcado en molduras negras, forman esta pieza de Gerhard Merz de 1988. En ella, el artista sitúa al espectador ante unos términos codificados dentro del discurso histórico, proponiéndole un juego de interpretaciones cruzadas. Situados en los extremos, los adjetivos «Revolucionario» y «Reaccionario» parecen ofrecer, de entrada, una interpretación antitética. Sin embargo, los términos situados en medio abren el camino a la paradoja, al ser, en parte, apelaciones que tanto la Revolución como la Reacción han utilizado para sus fines. Merz emplaza al observador en el marco de la misma historia del arte –con su constante contradicción entre lo moderno y lo clásico–, pero también en el terreno de las relaciones entre la historia y los conceptos que la identifican en el tiempo, siempre con la intención de establecer un diálogo («El receptor debe saber tanto como el autor, para que la conversación sea algo entre iguales» ). Gerhard Merz parte de determinadas premisas moderno-formalistas, como las de individualidad en el acto de hacer y ver («No vivimos en una sociedad universal en la que el arte tenga la tarea de visualizar la voluntad de la comunidad. El arte es de individuos para individuos»); la necesidad de que el arte sea autorreferente, como modelo para una crítica distanciada de la realidad («El arte y la vida son cosas radicalmente separadas. Como artista no espero mejorar las relaciones entre la gente»), y una economía de medios que sea capaz de expresar forma con el mínimo de aderezo. En este sentido, Merz parece desmarcarse de ciertos discursos posmodernos en los que se aboga por una superación de los criterios propios de la modernidad, tanto la inmediatamente anterior como la posterior a la Segunda Guerra Mundial. En esta obra, como en otras, no obstante, parece existir también una reflexión crítica sobre el propio carácter formalista de esa modernidad, poniendo sobre el tapete el papel del espectador como motor de una dinámica abierta de significados. Esta reflexión puede encontrarse también en algunos artistas europeos, como Leonel Moura, y en Estados Unidos, como la generación de Peter Halley, que intentó liberar la pintura formalista de los años cincuenta del estricto corsé del crítico Clement Greenberg, gran impulsor de la teoría formalista americana. Greenberg defendía a ultranza que el arte no tuviera más referencias que sí mismo. Merz muestra un enorme interés en conseguir «objetivar» el propio significado de los signos –en el caso de esta obra, el sentido de los adjetivos históricos–, pero en función del momento presente, lo que en la mayoría de sus trabajos provoca la aparición de la ironía. Sobre su estética, considerada «fría» y de gran condensación conceptual, el artista comenta su desinterés por un arte espectacular, y añade: «El arte es construir con la cabeza fría».

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